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Es muy fácil desarmar a un niño (2º part)
per Mª Aurèlia Capmany
Resum: Reflexión sobre la influencia del juego bélico y su significado social y psicológico. No hay que desarmar a los niños. Hay que luchar por conseguir una educación adecuada a la sociedad que se quiere forjar. Esto requiere un cambio de la sociedad.
Data publicació: març 2003
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EL OTRO APRENDIZAJE DE LA VIOLENCIA Si tenemos en cuenta que nosotros, los adultos, somos quienes nos hemos propuesto desarmar la infancia, cabe preguntarnos de dónde nos viene este deseo antibelicista. Es evidente que, a través de la lucha por la civilización, el hombre adquiere una mayor valoración de la vida, pero el respeto a la vida y el rechazo de los sufrimientos los adquiere como datos de la cultura. Cuando en La Odisea dice Aquiles que prefiere ser pastor en el mundo de los vivos antes que rey en el reino de los muertos, quiere decir que el mundo griego ha planteado por primera vez la norma de respeto a la vida. Pero a pesar de esta nueva valoración de la vida, signo de una de las primeras conquistas de la civilización, el ser humano no se plantea la posibilidad de hacer desaparecer las guerras; prefiere convertir la guerra, el crimen, la tortura, en una plaga que los dioses, o Dios, envían a los hombres para castigarlos. La guerra, como la peste o como los terremotos, es un mal que a la larga produce un bien. No cabe la menor duda de que el hombre ha vivido inmerso en esta idea del castigo benefactor; apenas hoy la hemos desterrado del ámbito de la pedagogía, pero no sé si la hemos desterrado auténticamente de la práctica docente. No obstante la práctica desaparición del castigo corporal, el dolor que educa y glorifica pulula todavía en el subsuelo de toda clase de prejuicios freudianos. Lo primero que se nos plantea en nuestra relación con el niño es, pues, -y no me refiero únicamente al ámbito cerrado y ordenado de la escolaridad sino que en todas las fronteras de la vida infantil, la familia, los compañeros, los vecinos, el contenido de los elementos que llegan a través del aprendizaje, es una multitud de solicitaciones que podríamos dividir en dos sectores. Por una parte de incidencia pedagógica deliberada; es decir, todo aquello que nosotros, maestros y familiares, sabemos que queremos decir en cada instante; en todo momento lo educamos con frases que arrancan del sitio donde la filosofía diría que está el imperativo hipotético. Así, pues, le decimos: "Niño, haz esto si quieres tener un premio, si quieres ser un chico como se debe, si quieres que te quiera". Es decir que creamos a su alrededor una escala de valores que queremos que sean los valores definitivos de su existencia. Por otra, un sector de incidencia profunda y absolutamente involuntaria. Los estudiosos de la psicología profunda han llamado la atención acerca de esta influencia que se asimila tan rápidamente, pero que el niño no recibe de una manera consciente. Muy pronto el niño descubre si bien no puede expresar en términos comunicables este descubrimiento- que el proceso de su aprendizaje tiene lugar por dos vías paralelas. En la primera aprende lo que ha de hacer; en la segunda aprende lo que hace. Notemos que no digo "lo que quiere hacer", porque la tesis freudiana sólo me interesa de modo parcial, pues se trata de una tesis que, a mi criterio, tiende demasiado a crear un estado de cómoda inocencia en el responsable de la educación. Es cierto que en la conciencia del niño se elabora el ámbito del subconsciente, pero en el subconsciente no hay más que lo que nosotros hemos puesto. El niño mucho antes de poder expresarlo en palabras, siente todo lo que ha recibido como cosa cultural y que ha ingresado en un mundo violento. Si decimos que el niño pugna por vivir, estamos expresando, sin darnos cuenta de ello, toda la fuerza masiva que ha de desarrollar. Sin embargo, esto no sería lo más importante, pues a medida que se fuera haciendo consciente, iría advirtiendo que a su alrededor cuenta con colaboradores para su propia necesidad de vivir.
ENTRE EL DEBER Y LA REALIDAD El niño descubre pronto a sus aliados, sin que esnobismos de ningún tipo ni mitología familiar alguna interfieran en su elección. Insisto, pues, en la incidencia en el campo experimental de la contradicción entre lo que hay que hacer y lo que es evidente que todo el mundo hace. Alguien puede decirme que esa dicotomía moral es inevitable, y no tan perjudicial en la práctica, con tal de que el educador, sea el maestro, o sea el padre, tenga cuidado de no mostrarse como un modelo de perfección y se manifieste como un sujeto que también se perfecciona constantemente. Efectivamente es así siempre que el educador, tanto el padre como el maestro, tenga conciencia de la influencia constante de cada uno de sus gestos, de cada una de sus reacciones, de cada uno de sus movimientos de miedo o de ira. Entonces el niño aprende -aprende muy rápido porque no hay nada que lo obligue a no aprender- que todo el mundo lucha: los hermanos con los hermanos, el padre con la madre, los maestros con los otros maestros, los simples maestros con los factotums de la escuela, los alumnos con los maestros... y a la inversa. ¡Con cuánta agudeza percibe el niño la disonancia de fondo tras el acuerdo aparente! Observemos la expresión feliz con que da a entender que se ha dado cuenta de este desacuerdo. Si por azar le reñís por no haber hecho algo, os puede decir con aire de buen actor que finge divina inocencia: "es que el Sr. Fulano me ha dicho que no tenía que hacerlo". Muy pronto aprende el niño a mentir y al hacerlo realiza un acto de aceptación voluntaria de toda la escala de valores útiles que queremos enseñarle. Miente y busca justificación en nuestras mentiras. Muy pronto, por ejemplo, aprende que todo tiene un nombre, un nombre bonito que se puede exhibir con aplauso de la concurrencia, la nariz, la boca, las orejas, los pies, las manos, etc... pero que el sexo no tiene nombre, o bien tiene nombres pintorescos y tiernos, pero que no se pueden exhibir ante una concurrencia agradecida. Muy pronto aprende el niño que los actos de violencia no son bien vistos si él es su autor, pero que en cambio son dignos de elogio si son obra de adultos, sobre todo de los adultos que han construido la historia que le toca aprender. Muy pronto aprende que el mundo se divide en dos clases de hombres: la de los que ganan y la de los que pierden, la de los vencedores y la de los vencidos. Los cuentos populares que nos entregan una parte importante de la voz del pueblo, de quienes vivían recibiendo los palos fuertes, suavizan algo esa dicotomía entre buenos y malos, y hacen que los vencedores sean los menos débiles y que la victoria se obtenga con astucia y no meramente por la fuerza. El héroe de estos cuentos es el menor de los hermanos, el que no tendrá participación en la herencia, el pequeño que luchará con el gigante y lo vencerá, el inocente que tendrá que enfrentarse con brujos, magos y toda clase de poderes.
Artículo extraído de la Revista Cuadernos de Pedagogía, no 57, año 1979
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